Sin duda, abordar los condicionantes que explican la segregación laboral de la mujer migrada en el mercado de trabajo e identificar los principales retos y las posibles soluciones, adquiere una complejidad específica en un contexto de crisis económica como el que ahora se manifiesta con gran intensidad en nuestra sociedad. Ante la crisis, corremos el riesgo de acentuar la dualidad sexual del mercado de trabajo y las formas de segregación horizontal y vertical que afectan negativamente a las mujeres en general, y las migradas en particular, lo que nos aleja de la igualdad salarial, de la protección de sus derechos como trabajadoras y, por tanto, de su inclusión en la ocupación de calidad.
Tal como nos recuerdan los trabajos de Ruth Mestre4, si las mujeres procedentes de países más pobres emigran para “realizar trabajos de mujeres”, esto es así por el hecho de que la sociedad de destino les asigna precisamente estas ocupaciones. Para el caso catalán y español, esta asignación se explica sobre la base de un tipo de regulación que contribuye a fijar unas determinadas pautas de incorporación laboral. Son tres los principales elementos normativos que generan procesos de diferencia, desigualdad y subordinación en el mercado de trabajo: los contenidos y principios de la política migratoria; la desregulación laboral de las ocupaciones femeninas de baja calidad -el trabajo doméstico asalariado, por ejemplo-; así como las respuestas políticas -o la falta de respuestas- ante la gestión del cuidado de las personas dependientes. Todos ellos contribuyen a definir un espacio social que sitúa a las mujeres migradas en una posición de inferioridad en el mercado de trabajo.
La concentración de una parte considerable de las mujeres migradas en determinados segmentos laborales (como el trabajo doméstico asalariado y otros servicios escasamente remunerados), no se explica a partir de las propias características o estrategias de estas trabajadoras (las diferencias salariales en relación al país de origen, el tipo de proyecto migratorio, el tiempo de asentamiento en la sociedad receptora, la falta de capital social, etc.). Además, es resultado de una serie de procesos discriminatorios que tienen que ver con un complejo entramado de factores de desigualdad (género, clase social, grupo étnico, nacionalidad, etc.), que interactúan de forma simultánea a través de las prácticas y los discursos.
Después de un breve diagnóstico sobre cuál es la situación, podemos reflexionar sobre los principales retos para superar la subordinación laboral que afecta a las mujeres migradas desde sus múltiples conexiones e intersecciones, tanto a escala estructural como a la hora de pensar acciones políticas concretas en un contexto de crisis económica. Sin duda, la principal situación de riesgo que plantea la crisis económica a las personas migradas es el paro, con el agravante de que la mayor parte de ellas no pueden percibir la prestación por paro. Para el caso de las mujeres migradas, el hecho de que inicialmente se destruyera la ocupación sobretodo en los sectores de la construcción y sectores dependientes, provocó que el paro las afectase en menor medida. De todas maneras, desde el tercer trimestre de 2008, esta situación cambia y empieza a incrementarse también el nombre de mujeres paradas, coincidiendo con la expansión de la crisis de ocupación hacia el sector de los servicios poco calificados5.
Sònia Parella Rubio
Departamento de Sociología de la UAB
Investigadora del GEDIME (Grup d’Estudis sobre Immigració i Minories Ètniques)