Consecuencias de una manera de informar sobre la inmigración.

Durante casi 10 años, los sectores productivos de Cataluña han estado demandando personas para continuar siendo competitivos y poder seguir el ritmo de una economía creciente que parecía imparable. Para cubrir las necesidades de estos sectores, no hubo bastante con el mercado laboral interno, y por ello, la llegada de trabajadores extranjeros, a finales de los 90, fue recibida como una buena noticia para la economía catalana y española.

En aquel momento, los medios de comunicación reflejaron, cuando no fomentaron, la idea de que la inmigración era un elemento positivo y clave, en buena medida, para el crecimiento de la economía del país y para asegurar los elementos básicos que habían configurada la sociedad del bienestar.

El problema ha llegado cuando las circunstancias han cambiado. Con la crisis, los mismos medios que dedicaban editoriales y llenaban páginas y minutos en los informativos de radio y televisión a alabar los aspectos positivos de la inmigración, han pasado a destacar más las situaciones problemáticas.

Pero tanto en un caso como en el otro, cuando estos medios actúan así, lo hacen como reflejo de la opinión de los sectores productivos y de la clase política,  interesados en vender, en cada momento, un determinado discurso. Cuando las cosas iban de cara y era necesaria más mano de obra al precio que fuera, se ponía el acento en la contribución que hacían las personas inmigradas, y ahora que el trabajo escasea, sobre todo en los sectores que ocupaban más trabajadores extranjeros, destacan los problemas que la nueva situación genera sobre esta parte de la población y las consecuencias que tiene en el conjunto del país. Y por el contrario, no se informa suficientemente de los abusos que padecen y de lo que representa de vulneración de derechos el hecho de trabajar en la economía sumergida.

Vincular la población inmigrante a marginalidad, delincuencia y exclusión social, y reforzar los tópicos y los estereotipos, se ha traducido, en el caso del mercado laboral, en la creación de una corriente de opinión más refractaria a la contratación de trabajadores extranjeros, o servirse de la situación de crisis para contratarlos a cualquier precio y en las peores condiciones.

Estos últimos años, llamarse de una determinada manera, se ha convertido en un problema para encontrar trabajo. Pondré unos ejemplos de casos reales que he conocido a partir de mi trabajo de periodista, cambiando los nombres de los protagonistas.

Mohamed es un joven marroquí, con carrera universitaria y un buen currículum, que ya lleva unos años aquí, trabajando, y que habla perfectamente el español y el catalán. Ahora está en el paro, pero tiene un perfil ideal para muchos de los empleos que se ofrecen y por los que se interesa. Cuando responde a la oferta, y mientras no dice su nombre, todo va en la buena dirección. Incluso le citan para una entrevista y le dicen que tiene muchas posibilidades, o incluso le hablan de incorporación inmediata. Pero cuando se identifica o va a la entrevista, el tono cambia y sólo encuentra evasivas y dilaciones.

Anastasiya ha trabajado en la hostelería y también de secretaria. Ahora busca trabajo y, demasiado a menuda, se encuentra que cuando le dicen que sí, le hacen propuestas que no tienen nada que ver con el trabajo que se ofrecía, o directamente le proponen relaciones sexuales.

Y, finalmente, el caso de Carlos Eduardo, que ha estado de prueba en algunos empleos y al final  no le han contratado, sino que le han sustituido por otro trabajador a prueba. Cuando, finalmente, ha encontrado trabajo, las condiciones inicialmente acordadas entre el empresario y él han cambiado a la baja, tanto por lo que respecta al salario como a los horarios y el trabajo a desarrollar.

Estos casos ilustran sobradamente las consecuencias que la actual crisis económica tiene entre los trabajadores inmigrantes.

La visión utilitarista de la inmigración, que a veces se ha fomentado desde los medios de comunicación, y que la vincula básicamente al mercado laboral no hace más que deshumanizar una parte importante de la población de Cataluña. Es con discursos de este tipo que se justifican acciones de gobierno como el retorno voluntario y se propician actitudes xenófobas que, en un momento de fuerte competencia por el empleo, ponen en peligro la convivencia. Todo ello tendría que hacernos reflexionar sobre las consecuencias que tiene esta manera de hablar de la inmigración y trabajar la información con una actitud más responsable.

Carles Solà

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