Defender la alegría
Ha muerto Benedetti. El escritor falleció a los 88 años en Montevideo. Su amigo Mauricio Rosencoff, dijo que murió a causa de la edad, a pesar de que él lo pensaba inmorible.
Quizás éste sea un espacio extraño para el tributo póstumo pero me cuesta no escribir nada a quien tanto escribió, aunque Eduardo Galeano afirmara que “el dolor se dice callando”.
Habitante privilegiado del imaginario colectivo de los sentimientos, fue sobre todo un hombre comprometido con su tiempo y con el ser humano “En caso de vida o de muerte, se debe estar siempre con el más prójimo” (Próximo prójimo, 1965).
Exiliado, como otros y tantas, por las dictaduras de sur de América Latina, sus poemas pusieron voz a muchos exilios. Mario fue ‘el otro’ en diversos países hasta que volvió al suyo, según él mismo dijo, como desexiliado.
De Uruguay, como de otros muchos países del Sur, siguen llegando gentes, ya no tanto víctimas de las dictaduras políticas, que también, sino de las dictaduras económicas. Historias, muchas de ellas, llenas de dignidad poética aunque las mujeres y los hombres que las viven quizás jamás escribieron poesía. Y aunque el Norte vea la inmigración como un poema.
Sin ese pedacito de Sur, hoy me siento un poco más huérfana, aunque menos mientras escucho al poeta declamar en Defensa de la Alegría acompañado por las notas de Daniel Viglietti.
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y la definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos
(…)
defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.


Mi viaje fue de Norte (España) a Norte (Irlanda), pero en este Norte también me siento ‘la otra’.Aquí, en Irlanda, soy ‘la de allí’, allí, España, soy ‘la que vive aquí’. La emigración, en cualquier dirección, implica muchas decisiones y genera no pocas ausencias. Ansío un retorno que también asusta. Seré acaso una desemigrada?
La muerte de Benedetti es imposible que nos deje esa espina que inevitablemente la muerte de alguien muy cercano clava para siempre en nuestros corazones. Es muy lindo este post y necesario.
Y respecto a lo que dices Vanessa, creo que una vez has hecho un camino como migrante esa condición te acompaña irremediablemente como un sino durante toda tu vida. Nunca más vuelves a ser como antes, ni la de allí, o la de acá.
Respuesta tardía, pero respuesta al fin.
Definitivamente cierto, me apunto al sentimiento de desemigrada o desexpatriada o el des que sea que nos hace diferentes -sutilmente, por dentro, pero diferentes al fin y al cabo-. Y quizás, está vez, este “ser otra” no esté tanto en la mirada de quien nos observa sino en nuestra forma de vernos nosotras mismas.
El viaje, en cualquier derección, nos muda la piel.