Todavía soy adicto a los prejuicios

Comida de domingo entre familias amigas. Y aunque nos lo prohibamos, los temas profesionales y la crisis se meten en la conversación. No recuerdo la secuencia, pero uno de los comensales, del colectivo que forma la generación que les va a dar dolores de cabeza a los miembros de la generación Y, me plantea el siguiente desafío.

Imagina que uno de tus clientes te comenta que tiene que cubrir con urgencia el puesto de Director de una fábrica. Tiene dudas sobre quién elegir y te pregunta si le puedes dar tu opinión. Te pone encima de la mesa tres currículos, pero en ninguno de ellos están reflejados los datos personales de las tres candidaturas; tienes a tu disposición la información relacionada con la formación académica y la trayectoria profesional con sus logros.

Una vez has leído los documentos con atención, la decisión te parece clara. Tomas uno de los currículos y se lo muestras a tu cliente asegurando que esa candidatura es la mejor opción. Tu cliente te dice que esa persona está precisamente en el edificio y que si no te importaría charlar con ella quince minutos para confirmar tu elección.

Cuando la persona entra en el despacho en el que estás esperando, cruza la puerta una mujer madura, de piel morena y con un pañuelo alrededor de su cabeza cubriendo su cabello. ¿Cuál es tu reacción?

¡Touchée! Cuando me quise dar cuenta, estaba matizando una de las condiciones del desafío que me planteó el adolescente: que la elección que había tomado a partir de la información de los currículos era una decisión clara y contundente. En mi defensa yo argumenté que aceptaba que esa persona era la mejor opción, pero enseguida empecé a hablar de la necesidad de comprobar si la cultura y los hábitos de la organización del ejemplo harían adecuada la elección. De que habría que analizar las características de los equipos y personas que esa persona debería liderar, y de que…

Es igual. La cuestión es: si en el desafío adolescente la persona que entraba al despacho hubiera sido un hombre de mediana edad, de piel blanca y vestido como si hubiera salido de unos grandes almacenes en Plaza Catalunya, ¿habría matizado la decisión?

En fin, debo reconocerlo. La rapidez con la que empecé a matizar me mostró que todavía soy adicto a los perjuicios. Y que me queda un buen camino para desintoxicarme. En mi caso, sigo necesitando la ayuda de un marco normativo para la discriminación positiva. Aunque espero que sea por poco tiempo.

Por cierto, ante el desafío, ¿cómo hubieras reaccionado?

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