Migraciones en una época de cambios
Vivimos en una época convulsa de crisis y cambios: en los sistemas de valores, en nuestros modelos familiares y sociales, en nuestras estructuras productivas y de consumo… La globalización económica y política, así como el progreso económico y tecnológico, han generado un nuevo escenario que afecta a nuestra cotidianidad más inmediata: nuestras condiciones de vida, nuestra capacidad de comunicación y de movilidad, nuestras relaciones… Cambiamos nosotros y cambia nuestro entorno. Y, por si esto fuera poco, aparecen nuevas caras, nuevos gestos, nuevas lenguas, nuevas religiones, nuevos comportamientos… en nuestra propia casa.
En este contexto, el crecimiento de flujos migratorios procedentes de países pobres y el espectacular aumento de la presencia de personas de otros orígenes en determinados entornos incrementan la complejidad y ponen de relieve la diversidad cultural y de todo tipo. Ahora tenemos al “extraño”, al “diferente”, en el rellano de casa. Es el compañero o compañera de escuela, el instalador o la cajera del supermercado.
El tratamiento mediático de los fenómenos migratorios y de la presencia de personas migrantes contribuye a las visiones alarmistas y a las percepciones negativas de buena parte de la población. Leemos, a veces, que es la presencia de personas inmigrantes extranjeras y la creciente diversidad lo que trastoca nuestro mundo. Como si fuera la causa de todos estos cambios y no, precisamente, uno de los efectos de la globalización. Explicamos, a veces, que quién causa la diversidad (como si ésta fuera una especie de culpa) es quién llega de fuera.
Pero la diversidad cultural ya estaba presente en nuestro entorno, y los fenómenos migratorios no son nuevos ni extraordinarios. A lo largo de la historia de la humanidad y en todo el mundo, los individuos se han desplazado, más o menos forzados y por motivos muy diversos. Y de ello tenemos muestras evidentes en nuestro pasado reciente y no tan reciente. Estos desplazamientos de población han generado (y generan) problemas y dificultades tanto en los contextos de origen como en los de destino. Pero también han supuesto y suponen oportunidades de cambio, crecimiento, progreso, evolución: para las personas migrantes, para los países emisores y para las sociedades de acogida. Nuestro mundo, nuestro país, no sería el mismo sin los movimientos de población que lo han hecho crecer y evolucionar. Y las actuales olas migratorias tienen y tendrán el mismo efecto.
No se puede negar la existencia de dificultades y problemas relacionados con el gran incremento de los flujos migratorios y la inclusión de estos nuevos ciudadanos y ciudadanas, del mismo modo que con el resto de transformaciones que vive nuestra sociedad. Pero la constatación de todos estos cambios no da la razón a las visiones alarmistas que dicen que “lo bueno que teníamos” se acaba. La tierra de Jauja no ha existido nunca, ni aquí ni en ningún sitio. Y las visiones románticas que aseguran que cualquier tiempo pasado fue mejor son poco realistas y carentes de rigor. Todas las sociedades evolucionan y las épocas de cambio, aunque convulsas, generan nuevos escenarios en los que mejoran las condiciones de vida, el ejercicio de derechos y el acceso a los recursos básicos, al menos para buena parte de la población. ¿Quiénes de los que se lamentan por lo que se ha perdido querrían retroceder realmente en el tiempo, con todo lo que eso significa?


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